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HISTORIA DE UN NIÑO VETTON

         Ya está aquí. Como todas las mañanas, al amanecer, la mosca se pasea por mi nariz y me despierta. Abro los ojos despacio e intento un manotazo. Nunca alcanzo a la mosca, pero siempre a mi pobre nariz. ¡Así no hay quien duerma!

        Me despierto, ya ha amanecido y la luz entra entre las rendijas del tejado. Además de la pesada mosca, oigo el ruido continuo del roce de la rueda del molino de piedra y el trajinar de mi abuela por la choza.

        Mi madre ya está moliendo. Mueve la pequeña rueda de piedra, la hace girar con un palo que sitúa en un hueco hecho en la misma piedra. Debajo de la rueda que mi madre hace dar vueltas, hay otra rueda inmóvil y entre ambas, el trigo se machaca, convirtiéndose en un polvillo blanco, en harina.

        Mi abuela me dice que me levante deprisa, mi padre me espera. Entre el run-run del molino, la abuela y la mosca … ¡así no hay quien duerma!

        Cerca de la lumbre, ya tengo la leche de cabra en un cuenco de barro y un trozo de pan, ¡que rico! El pan lo ha hecho mi madre en el horno, con la harina que ya tenía molida. ¿Y la leche?, yo mismo ordeño las cabras.  Ahora, cuando la bebo, mis labios se pintan de blanco. Bebo en mi cuenco preferido. Cuando el alfarero, que es mi tío, lo hizó, lo modeló para mí. Estuve viendo como lo hacía, como lo daba forma y cuando el barro aún estaba fresco, con una estampilla fue apretándola sobre el barro, de manera que el dibujo de la estampilla quedará en el barro fresco. Como empujaba varias veces la misma estampilla sobre el barro, el mismo dibujo se repetía alrededor de la superficie exterior del cuenco. Mi abuela sabe que me gusta beber la leche en este cuenco.

        Mi choza está en el castro de Las Cogotas. Es una entre varias y se encuentran escalonadas, a diferentes niveles. Sus paredes son de piedra labrada y adobe. Sobre unas vigas de madera colocamos pajas y piornos y de esta manera tenemos el tejado de la choza.

        He bajado a buscar a mi padre. Ya tiene las cabras listas para sacarlas a pastar. Al salir del castro, hemos saludado al vigía que estaba apoyado en la pared de la puerta de la muralla, cerca del gran toro de piedra.

        Con nuestro rebaño, pasamos cerca de la necrópolis, el lugar donde se encuentran las cenizas de mi abuelo. Al pasar por aquí, mi padre deja de hablar y se pone más serio. Yo sé que se acuerda del abuelo.

        Hace dos inviernos, el abuelo empezó a toser y aunque la abuela le daba infusiones de hierbas; cada vez estaba peor, tosía más y su cuerpo estaba caliente. Una mañana fría, con nieve, el abuelo murió.

        A nuestra choza fueron llegando los vecinos de Las Cogotas. Llevamos al abuelo a un lugar donde quemamos su cuerpo. Con cuidado, sus cenizas se echaron en una urna grande de barro, junto a cosas que le habían pertenecido: su espada, su puñal, la punta de su lanza y los arreos de su caballo. La urna con las cenizas y los objetos se enterró en la necrópolis, protegida por unas piedras planas, muy cerca del lugar por donde ahora caminamos con el rebaño.

        Yo también me acuerdo del abuelo, me enseñó mucho. Antes de morir, un día al atardecer, mirando como el Sol caía, el abuelo me hizo un regalo muy especial. Abrió su mano y entre sus dedos huesudos, apareció algo que enseguida reconocí. ¿Qué me regalaba? Era un caballito de hierro, servía para unir las telas del traje, era un imperdible o fíbula. Parecía vivo, su pata delantera derecha iba dar el paso, igual que los caballos de verdad.

        Entre las encinas, las cabras están pastando y aquí, en el encinar; mi padre busca los sitios donde hoza el jabalí, donde mueve y escarba la tierra del suelo con su hocico. Hay que conocer bien las costumbres del jabalí, lo cazamos para alimentarnos de su carne.

        Mi padre se ha quedado en el campo y yo he vuelto al castro. He pasado por casa, la abuela y mi madre están ocupadas con el telar. Nada más entrar e ido a buscar, entre mis cosas, el tesoro más preciado, la fíbula de caballito; aquí sigue, dispuesto a galopar.

        Después de comer, iré con los amigos a la fragua. El herrero está dando martillazos al metal al rojo y así aplanarlo para fabricar la lámina de una espada. Cuando la espada esté terminada, tendrá sobre su empuñadura dos bolas y su vaina quedará adornada de filigranas y figuras circulares que parecen soles.

        Aquí, en la fragua, además de las espadas, se fabrican cosas de metal muy chulas: alfileres, puntas de lanza, collares e imperdibles o fíbulas parecidas a mi caballito.

        Me hubiera gustado seguir viendo los trabajos con el metal; pero también queremos bajar al río.

        Salimos todos corriendo por la puerta de la muralla. Ahora, junto al gran toro de piedra, los canteros están labrando un nuevo toro, otro berraco y este será más grande que el anterior. Uno de los canteros nos dice adiós y aprovecha para quitarse el sudor de la frente con su brazo y a la vez, se quita el polvo de piedra que tiene encima. ¡Un trabajo duro!

        Falta para que llegue la nieve y todavía, la luz del día dura mucho y nos podemos bañar. Llegamos al río, ¡todos al agua! Los peces y las ranas pueden esperar.

        Hay que volver a casa, al castro. Subimos cansados. La tarde cae, los canteros han dejado su trabajo y los rebaños regresan.

He ido al mismo sitio donde mi abuelo me regaló el caballito y desde allí he visto como el Sol iba desapareciendo lentamente.

-Los habitantes de los castros próximos a Ávila (Ulaca, Las Cogotas, La Mesa de Miranda, Los Castillejos) pertenecían al pueblo vettón. Sabemos que en el siglo V a. de C. la península ibérica estaba habitada por un mosaico de pueblos y el vettón era uno de ellos, situado entre el Duero y el Tajo.
-El castro de la Cogotas estuvo habitado en dos periodos. El primero de ellos, el que se ha denominado “Cultura de Cogotas I”, en el Bronce final, abarca del año 1200 a. de C. al año 850 a. de C.
-El segundo periodo es el que mejor conocen los arqueólogos y se desarrollo durante la IIª edad del Hierro (siglos IV a I a. de C.) y se denomina “Cultura de Cogotas II”.
-Las primeras excavaciones de Las Cogotas se hicieron en 1930, encontrándose 1613 tumbas (lajas de piedra rodeando y protegiendo a la urna que contenía las cenizas y el ajuar).

Hemos querido utilizar, como referencia, para el logotipo de nuestro club, la famosa fíbula del caballito, con la satisfacción de poder valorar las muestras artísticas de tan importante cultura.

CALENDARIOS DE LA FMP Y DE CYL DE LA TEMPORADA 2017-2018

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